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A 44 años del deslave de Montebello: cómo San Salvador rediseña sus laderas para evitar otra tragedia

Por Redacción Diario Latina · 19 de septiembre de 2026 a las 3:02 p. m. · Fuente: Infobae

A 44 años del deslave de Montebello: cómo San Salvador rediseña sus laderas para evitar otra tragedia

Aunque ocurrió a miles de kilómetros de Miami o Los Ángeles, la historia del deslave de La Montebello interpela directamente a la enorme diáspora salvadoreña que hoy vive en Estados Unidos, una de las comunidades latinas de mayor crecimiento en el país, para quienes la memoria de esa tragedia sigue siendo parte de la identidad familiar y del vínculo con su tierra de origen.

El desastre, ocurrido hace más de cuatro décadas, se produjo cuando temporales intensos combinados con la inestabilidad de los suelos volcánicos provocaron un alud de lodo que arrasó parte de la colonia Montebello, en las faldas del volcán de San Salvador. El saldo fue devastador: más de 300 víctimas, en lo que se convirtió en una de las catástrofes naturales más recordadas de la historia reciente de El Salvador.

El fenómeno no fue simplemente producto del clima. Las laderas del volcán, deforestadas y ocupadas por asentamientos urbanos en expansión, perdieron su capacidad natural de absorber el agua de lluvia. Esa combinación de urbanización descontrolada y suelos volcánicos frágiles convirtió a la zona en un terreno especialmente vulnerable ante cualquier temporal de gran intensidad.

Hoy, la capital salvadoreña encara ese legado con una estrategia distinta: el uso de soluciones basadas en ecosistemas para controlar la escorrentía hídrica en las cuencas altas del volcán. Esto implica recuperar la cobertura vegetal, restaurar quebradas y ordenar el uso del suelo en las zonas donde nace el agua que luego desciende hacia los barrios más poblados.

A 44 años del deslave de Montebello: cómo San Salvador rediseña sus laderas para evitar otra tragedia

La lógica detrás de este enfoque es sencilla pero efectiva: en lugar de depender exclusivamente de obras de concreto como muros de contención o canales artificiales, se busca que la propia naturaleza —bosques, suelos permeables y cauces naturales— actúe como amortiguador ante las lluvias intensas, cada vez más frecuentes por el cambio climático en la región centroamericana.

El caso de San Salvador no es aislado. En toda América Latina, ciudades construidas sobre laderas volcánicas o montañosas enfrentan el mismo dilema: el crecimiento urbano acelerado, muchas veces informal, choca contra la fragilidad geológica del terreno. Desde Caracas hasta Tegucigalpa, los deslaves recurrentes han dejado en evidencia que la planificación urbana y la gestión ambiental no pueden separarse.

Para la comunidad latina en Estados Unidos, estos temas trascienden lo anecdótico. Muchas familias salvadoreñas emigraron tras crisis como la de Montebello o los terremotos posteriores, y hoy sostienen económicamente a sus comunidades de origen a través de remesas que, en parte, terminan financiando reconstrucción de viviendas en zonas de riesgo similares.

Organismos internacionales y agencias de cooperación han comenzado a poner más atención en este tipo de proyectos de infraestructura verde, entendiendo que son más sostenibles a largo plazo que las obras tradicionales de ingeniería civil, además de generar beneficios adicionales como la recuperación de biodiversidad y la mejora de la calidad del agua.

El caso de La Montebello se mantiene como un punto de referencia obligado en la gestión de riesgos de El Salvador. Cuatro décadas después, la tragedia funciona como advertencia y también como impulso para políticas públicas que buscan anticiparse a los desastres, en lugar de simplemente reaccionar ante ellos una vez que ya ocurrieron.

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