El terremoto que dejó dos veces huérfana a una maestra venezolana: "eran mis hijos"
Por Redacción Diario Latina · 21 de septiembre de 2026 a las 12:02 p. m. · Fuente: BBC Mundo

Aunque ocurrió a miles de kilómetros de Miami o Los Ángeles, la tragedia que enfrenta Madeleine Cova, una profesora venezolana que perdió a más de 200 alumnos en un doble terremoto, resuena con fuerza en una comunidad latina en Estados Unidos que mantiene lazos familiares y afectivos estrechos con Venezuela, país del que millones han emigrado en la última década.
El 24 de junio, dos sismos consecutivos sacudieron el norte de Venezuela, dejando destrucción en escuelas y viviendas de varias comunidades. Entre los edificios afectados se encontraba la institución donde Cova ejercía como docente de secundaria, un espacio que, según relató, se convirtió en un segundo hogar para generaciones de estudiantes.
"Para mí, eran como mis hijos", expresó la profesora al describir el vínculo que construyó durante años con los jóvenes que perdió. Sus palabras reflejan una relación que trascendía el aula: Cova asumió un rol de acompañamiento que muchos docentes latinoamericanos describen como parte esencial de su vocación, especialmente en contextos de crisis social y económica prolongada.
"Me queda un vacío, es como si me faltara una parte de mi cuerpo", confesó la maestra, en una de las frases que mejor ilustra la magnitud emocional de la pérdida. Su testimonio, recogido por BBC Mundo, pone rostro humano a una cifra que de otro modo podría quedar reducida a una estadística fría en los reportes oficiales.

El impacto de más de 200 alumnos fallecidos en un solo evento sísmico coloca a esta tragedia entre las más severas registradas en instituciones educativas venezolanas en los últimos años, y reabre el debate sobre la infraestructura escolar en el país, que arrastra años de falta de mantenimiento e inversión en medio de la crisis económica.
Venezuela se encuentra en una zona de considerable actividad sísmica, atravesada por fallas geológicas que en el pasado han generado movimientos telúricos de magnitud significativa. Sin embargo, especialistas en gestión de riesgo advierten desde hace tiempo que la vulnerabilidad de edificios públicos, incluidas escuelas, se ha agravado por la falta de recursos para reforzar estructuras antisísmicas.
Para la diáspora venezolana en Estados Unidos, que supera el millón de personas según estimaciones recientes, este tipo de tragedias golpea de manera particular: muchos mantienen contacto diario con familiares, ex compañeros de escuela o docentes en su país de origen, y las noticias de pérdidas masivas reavivan el dolor de la distancia y la imposibilidad de estar presentes en momentos de duelo colectivo.
El caso de Madeleine Cova también pone en primer plano el rol silencioso de los docentes en momentos de catástrofe: profesionales que, además de procesar su propio duelo, suelen convertirse en sostén emocional de comunidades enteras, acompañando a familias que atraviesan pérdidas similares.
Mientras las autoridades venezolanas evalúan los daños estructurales y avanzan en tareas de asistencia, historias como la de esta profesora recuerdan que detrás de cada cifra oficial hay vínculos humanos irremplazables, y que la reconstrucción tras un desastre natural no se mide únicamente en infraestructura, sino también en el acompañamiento a quienes deben aprender a vivir con la ausencia.